El amanecer llega despacio a los pueblos de la región cholulteca. Primero aparece el humo del volcán, como si fuera el de los anafres en las cocinas de las casas, saliendo del cráter del Popocatépetl. Luego soplan los aires que recorren los campos cultivados con maíz. Después llega la memoria.
Aquí la memoria no se borra. Se queda pegada a la tierra, como el olor del maíz recién cocido. Hace cinco años, en marzo de 2021, los pueblos comenzaron a levantarse porque el agua empezó a faltar. No ocurrió de golpe. Fue poco a poco, como cuando un río se queda sin voz. Los ancianos lo recuerdan con claridad: antes los pozos estaban llenos. Bastaba bajar un balde y el agua salía fresca, suficiente para la casa y para la vida diaria. Pero desde que llegó la embotelladora, primero llamada Arcoíris y después convertida en planta de Bonafont, propiedad del corporativo Danone, el agua comenzó a esconderse bajo la tierra. Algunos en los pueblos dicen que todo cambió en 1994. Ese año llegó la empresa. Y, dicen también, ese mismo año “se enojó don Goyo”, como llaman con respeto al volcán.
Desde entonces, la planta extraía más de un millón seiscientos mil litros de agua al día. Agua nacida en los volcanes: del propio Popocatépetl, la Iztaccíhuatl, y de la familia de cerros que los rodea. Mientras los camiones salían cargados de garrafones rumbo a la ciudad, en los pueblos comenzó a surgir una pregunta incómoda: ¿estaban comprando su propia agua? La respuesta pronto se convirtió en consigna: “No es sequía. Es saqueo.” Meses después ocurrió algo que nadie esperaba.
De embotelladora a casa de los pueblos
El 22 de marzo de 2021, en el Día Mundial del Agua, los pueblos decidieron cerrar la planta. No llegaron armados. Llegaron con dignidad, con asambleas, con acuerdos colectivos y con una decisión tomada durante meses. Habían pedido diálogo al gobierno y a la empresa. Nadie los escuchó. Entonces cerraron la planta. A partir de ese momento se nombraron Pueblos Unidos de la Región Cholulteca y de los Volcanes. No hablaban como individuos, sino como pueblos. En náhuatl, explican, la palabra “altépetl” significa mucho más que comunidad. “Atl es agua y tepetl es cerro”. El pueblo, dicen, es agua y tierra juntos.
La planta dejó de ser empresa. Donde antes había tuberías, máquinas industriales y montañas de garrafones nació otra cosa: un espacio para cuidar la vida. La llamaron Altepelmecalli, la Casa de los Pueblos. Allí donde una enorme tubería sacaba agua del subsuelo para embotellarla y venderla, comenzaron a sembrarse flores. En el pozo industrial, que almacenaba el agua extraída, fueron las mujeres del movimiento quienes colocaron el candado final. En la pared escribieron una frase breve: “Pozo de muerte”.
El antiguo almacén se convirtió en corral para borregos. El estacionamiento pasó a ser un auditorio al aire libre. Donde había bodegas aparecieron bibliotecas, casas de salud, estudios de radio y televisión comunitaria. Había talleres de serigrafía, música, pintura y costura. Foros, cursos, congresos y encuentros. También consultas médicas y clases para niños. Entre los pasillos industriales empezaron a vivir gallinas, conejos, cerdos, borregos y también “el Porky”: un perrito que ahí no solo encontró un hogar, sino compañeros.
Las mujeres cocinaban mañana, tarde y noche en el comedor comunitario. No faltaba la tortilla, ni la compañía, ni la broma y la risa. A veces preparaban pozole con hongos cultivados allí mismo. Los domingos había mercaditos de trueque. Era un espacio donde se vivía la comunalidad como un modo de vida: un lugar para compartir saberes, sostener la vida en colectivo y tejer resistencias.
Y entonces ocurrió algo que muchos consideran una señal. El agua volvió a los pozos. Cuando la planta dejó de extraer agua, varios pozos artesanales comenzaron a recuperarse. Algunos alcanzaron niveles que no se veían desde hacía años. Para los campesinos era una prueba de lo que siempre habían dicho los abuelos: la tierra habla y el agua tiene memoria.
El socavón; otro mensaje de la tierra
El 29 de mayo de 2021 la tierra volvió a enviar señales. En los campos de Santa María Zacatepec, en el municipio de Juan C. Bonilla, algunos dicen que primero se escuchó un tronido. Un sonido seco que salía de debajo del suelo, como si la tierra respirara con dificultad. Después vino el silencio. Y luego el hueco.
La tierra comenzó a abrirse. Al principio era apenas un hoyo oscuro entre los cultivos. Pero no se detuvo. Día tras día el borde se fue desmoronando, la tierra se iba cayendo hacia el centro como si algo la estuviera llamando desde abajo. El agujero creció hasta convertirse en un socavón inmenso, tan grande como una cancha de fútbol.
En la región muchos lo miraron como una advertencia. Para los pueblos, aquella herida en la tierra tenía un mensaje claro: cuando el agua se extrae sin descanso, cuando los mantos acuíferos se vacían más rápido de lo que la lluvia puede llenarlos, la tierra termina hablando. Y cuando la tierra habla, dicen los abuelos, conviene escuchar.
La madrugada del desalojo
Pero la memoria también tiene noches oscuras. La del 15 de febrero de 2022 comenzó a la 1:20 de la madrugada. Por la carretera Puebla–Huejotzingo avanzó un largo convoy de vehículos oficiales: más de 50 camionetas y alrededor de 300 elementos entre policías estatales, municipales y efectivos de la Guardia Nacional. Quienes los vieron pasar pensaron que se dirigían a detener criminales: narcotraficantes, huachicoleros o algún político prófugo. Pero no. El operativo se dirigía a desalojar un centro cultural indígena y campesino.
Las autoridades cerraron la carretera. Entraron con armas largas y sacaron a los pobladores del predio. Los defensores del agua lograron salir sin ser detenidos. Pero los animales no; conejos, gallinas, cerdos y borregos quedaron dentro del lugar. Desde entonces nadie sabe qué fue de ellos.
Aquella madrugada, el gobierno y la empresa recuperaron las instalaciones de la embotelladora. Pero el Altepelmecalli ya no estaba solo en ese terreno. Había echado raíces en otro lugar: en la memoria de los pueblos.
El Altepelmecalli no desapareció
Cinco años después de la toma de la planta, los pueblos aseguran que la Casa de los Pueblos no terminó. Sólo cambió de lugar. El Altepelmecalli continúa construyéndose con trabajo comunitario y con la defensa del territorio: el agua, la tierra y la vida.
Permanece en la organización de las asambleas, en las protestas, en los plantones y en la palabra compartida. Para los pueblos, el agua no es una mercancía. Es hermana, espíritu y memoria. Por eso se defiende. Desde aquellos años continúa escuchándose la voz colectiva en las consignas: “El agua no se vende, se ama y se defiende.” “El agua es un tesoro que vale más que el oro.” “Secaron nuestros pozos, abrieron el socavón. Aquí los pueblos mandan. A la chingada Bonafont.”
Cinco años después
Han pasado cinco años desde que los pueblos cerraron la planta. Los pueblos ya han recorrido un largo camino en la defensa del agua, la tierra y la vida. La embotelladora ya no opera como antes y el conflicto sigue abierto. Pero para quienes participaron en aquella toma, lo esencial ya ocurrió. Aprendieron a organizarse. Aprendieron que defender el agua es defender la vida Y aunque el Altepelmecalli fue desalojado aquella madrugada, algo quedó sembrado en la tierra. Algo que no puede desalojarse con policías. Algo que sigue creciendo, como el maíz después de la lluvia. La certeza de que cuando los pueblos se juntan, el agua vuelve a caminar con ellos.
Al caer la tarde en la región cholulteca, la luz se apaga lentamente detrás de la silueta humeante del Popocatépetl. Para los pueblos, la memoria no es pasado: es presente. Recuerdan aquellos sucesos mientras miran el horizonte desde un bosque joven llamado “Palestina Libre”, levantado donde antes de 2024 había un basurero, sitio que corrió la misma suerte que la planta extractora de Bonafont. Y mientras el volcán respira sobre el valle, saben que la memoria también camina con la vida. Una memoria que, como el agua, nunca deja de buscar su camino.
León Mayorga, marzo de 2026.